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La amenaza para la soberanía está en otra parte, no en Bolivia

Patricio López | Lunes 1 de octubre 2018 7:25 hrs. Radio U de Chile…..

Hay algo que como periodistas no logramos comprender: por qué sería sinónimo de patriotismo renunciar a cualquier tipo de idea y comentario que se diferencie del Estado de Chile en temas como las relaciones con los países vecinos. En nuestro país se puede criticar la gestión y las políticas del Presidente, de los ministros, de los parlamentarios, pero no se puede hacer lo mismo con el ministro de Relaciones Exteriores.

No nos imaginamos cómo las políticas que provienen de esa cartera podrían mejorar y ser objeto de modificaciones creativas si no están sujetas, como todas las demás políticas, al debate público.

 

La consecuencia de esta imposición es una unanimidad a la que en un día como hoy concurrirán medios de comunicación y políticos. Los jóvenes dirigentes que ayer decían que había que negociar con Bolivia, hoy guardarán silencio o dirán que éste es un tema de Estado y que corresponde ponerse de manera irrestricta bajo de la posición de la Cancillería. Salvo el valioso aporte de los analistas, nadie difundirá ni tratará de entender la posición de los vecinos. Y, sin derecho a los matices, muchos se entusiasmarán y darán rienda suelta al nacionalismo. Los encuestadores ya lo saben: mientras más beligerante el Canciller, más subirá en las encuestas. Mientras más insolente con Evo Morales se sea en la conferencia de Prensa, mejor. Y todavía mucho mejor aún si en los despachos de los canales se empieza a discutir con las personas que pasen por la Plaza Murillo de La Paz, denostando sus puntos de vista.

Así, la ciudadanía y sus autoridades nos hemos atrincherado en la idea de que no hay nada que conversar con Bolivia, suponiendo que de este modo se hace lo mejor para Chile. No vemos al actuar de este modo cómo el asunto es causa de creciente cuestionamiento internacional para el país, que tenemos una Cancillería poco sofisticada y que, en realidad, la historia de la Humanidad deja una infinidad de huellas de tratados que se deshacen o que son reemplazados por otros.

Nadie habla de hacer regalos a Bolivia, ni de faltar el respeto a los antepasados que lucharon en la Guerra del Pacífico, otro hito cuya versión oficial no admite ser rebatida. Hablamos de que en el mundo actual hay muchos ejemplos de viejos enconos limítrofes que pasan desde la confrontación a la integración. De que en tiempos de globalización se puede pensar la unión de fuerzas para enfrentar las amenazas y oportunidades del devenir global, siempre y cuando eso no implique someterse a los intereses de potencias y transnacionales, como lamentablemente se deduce de tratados firmados por Chile.

En ese escenario, es muy obvio, la amenaza principal no proviene de los países vecinos. Una concepción más compleja de soberanía debería llevarnos a apreciar no solo las amenazas sobre nuestro territorio que hoy se discuten en La Haya, sino las amenazas a la soberanía política del pueblo de Chile, conculcada desde hace tiempo por la Constitución de 1980 y por la firma de tratados comerciales. Y también la soberanía sobre nuestro enorme patrimonio natural, entregada a grandes capitales que no pagan grandes impuestos ni royalties, que no se comprometen con la sustentabilidad ambiental ni con mejorar la calidad de vida de las comunidades.

Ahí, sin que alguien nos gane en La Haya, nuestras dirigencias han ido entregando voluntariamente pedacitos de la soberanía nacional en los últimos lustros. Y cuando ello ha ocurrido, nadie ha sacado la bandera ni ha realizado ejercicios militares.

Hoy, cuando La Haya se pronuncia sobre la demanda boliviana, se presenta una oportunidad para no aceptar la idea de que debatir es carecer de patriotismo. Debemos comprender que los adversarios de un futuro mejor para el pueblo de Chile no son los países vecinos. Que convenientemente se nos ha llevado a preocuparnos sobre la defensa de un solo tipo de soberanía, mientras los mismos que la exacerban favorecen la entrega de otros tipos de soberanía mucho más determinantes a millonarios intereses. La toma de conciencia sobre este asunto sí que sería un acto de amor profundo por Chile.

 

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