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La aritmética de los cipayos

Texto: United Press International - Argentina

Verdaderamente consternados se han mostrado en las últimas horas los gobiernos integrantes del denominado Grupo de Lima, y por la victoria en las urnas del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, quien en los comicios del pasado domingo obtuvo la reelección de su cargo hasta el año 2025.

Por la baja participación electoral de los venezolanos los gobiernos de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Guyana, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú y Santa Lucía, salieron alarmados a expresar su rechazo a la reelección del bolivariano.

 

Mediante un comunicado conjunto, esos países declararon que “no reconocen la legitimidad del proceso electoral desarrollado en la República Bolivariana de Venezuela que concluyó el pasado 20 de mayo, por no cumplir con los estándares internacionales de un proceso democrático, libre, justo y transparente”.

El proceso bolivariano, sin embargo, ha sido uno de los más vigilados y resguardados de los últimos tiempos en todo el mundo, y prueba de ello es que cerca de dos mil representantes de Asia, África, Europa, América Latina, el Caribe y Estados Unidos estuvieron el domingo atentos al desarrollo del proceso electoral.

Las cifras de participación sin duda son preocupantes para una nación que lleva años en un sendero de participación popular y constituyen un mandato popular para la reflexión y el cambio. Sin embargo al mismo tiempo sirven de fiero testigo del doble estándar de los políticos cipayos, para quienes los números resultan un espejo de su falsa moral.

Un 46 por ciento de los venezolanos concurrió a votar en un proceso marcado por los llamados a la abstención, una cifra no muy distante del 46.7 por ciento de los chilenos que eligieron al empresario Sebastián Piñera como presidente en la pasada elección de diciembre de 2017, y en la que no había llamados al boicot. 

Tampoco contrasta mucha la cifra de participación venezolana con el 49 por ciento del padrón estadounidense que participó en los comicios de 1996 y donde resultó electo Bill Clinton como presidente. En un país vale recordar, donde millones de personas viven al margen de cualquier derecho político y en un verdadero estado de clandestinidad.

Y en la pasada elección estadounidense, de la que Donald Trump resultó electo, casi cien millones de votantes se abstuvieron de participar, lo que, sin embargo, no constituye una sorpresa para nadie en la “mayor democracia” del planeta.

¿Qué lleva entonces a que el mismo porcentaje sea denunciado en una coordenada geográfica y aplaudido en otra?. La respuesta, simple, está dada por los intereses en juego.

La democracia bolivariana, falente, imperfecta y muy distante quizás de lo que debe ser un proceso verdaderamente revolucionario, mantiene cuotas de dignidad que otras naciones han perdido completamente a manos del imperialismo transnacional, y eso no se le perdona.

Por eso el 46 por ciento de participación de los venezolanos constituye una afrenta a la democracia mientras que el 46,7 de los chilenos es una muestra de la madurez cívica de un pueblo.

La dignidad, qué duda cabe, tiene sus propios números.

 

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